dilluns, 11 de maig de 2015

El brillo de la libertad

Lo recuerdo como si fuera ayer. Tan pronto como había venido, se fue. La primera vez que lo vi, estaba sentado, mirando hacia un horizonte deslumbrador y suspiraba pensativo, como si el vaivén de las hojas color carmín le llevaran a otro mundo.

Solía contarme historias de su tierra natal, de las vacas que pasturaban en los vastos campos de hierba fresca y de las dulces y esponjosas ensaimadas de su abuela, que desprendían un aroma espectacular.

La víspera de año nuevo, bailamos eternamente bajo la luz de la luna y, entonces, suavemente, me dijo al oído que estaba preciosa. Sus palabras resonarán en mi cabeza como las campanadas de una iglesia para siempre. Sé que el mundo es pequeño y es probable que nos volvamos a encontrar, pero aunque así no sea, siempre recordaré aquella sonrisa y aquella mirada encantadora y a la vez traviesa. Sus ojos color esmeralda creaban un ambiente de esperanza y libertad que encantaba a cualquiera.

Aquella mañana de otoño, me desperté con lágrimas en los ojos. No hablamos en todo el camino y al llegar al aeropuerto sólo conseguimos gesticular un entrecortado “adiós”. Tan sólo un segundo después, el avión despegó y vi como, entre espirales y tirabuzones de polvo y humo, desaparecía sin dejar rastro.

Estuve pensando, porque al final todo tiene un sentido en la vida. Entendí que hay que dejar que se cumplan los sueños, dejar que vuelen y lleguen a su destino.


Como una estrella perdida en la noche, sin darse cuenta de que la luz está en su interior y ha de descubrirla por ella misma. Sonreí y me dije: “Tú también tienes brillo, hazte brillar.”




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